Lo primero que recuerdo cuando pienso en la primera imagen que tuve de Penélope es el color avellana de su cabello. Ella estaba de espaldas a mí y yo no podía hacer otra cosa más que pensar en aquel maravilloso cabello de color avellana. Largo, liso, suelto, brillante. Pensé que debía tener el pelo muy suave y realmente quise acercarme y acariciarlo. Pero me contuve, claro.
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Es fácil mirar atrás, contemplar el largo camino que hemos recorrido. Cerrar los ojos un instante y vernos allí de nuevo, abrazándonos en aquel concierto del noventa y tres. Escuchar la canción que nos hizo juntar los labios mientras el confeti cubría el cielo nocturno de febrero. Sentirme como un quinceañero. Los días de picnic, soltarnos las manos delante de nuestros padres, correr al hueco de las escaleras para besarnos entre clase y clase. Es realmente fácil mirar atrás.
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Ocurrió una noche de noviembre de hace muchos años. Quiero creer que hace muchos años porque es una forma de decirme que ya no tiene solución, aunque no es así del todo. Por aquel entonces yo era alguien más amable, más entusiasta, era alguien romántico con ideas y con futuro (¿ven? era un estúpido, como la mayoría de ustedes ahora mismo). Era alguien enamorado, no sólo de mi joven y preciosa novia, sino de la vida, del mundo, del presente.
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Pequeños círculos de luz, así como la imagen borrosa de tonalidades distintas de colores pasando a gran velocidad cerca de mí, pero detrás de un grueso cristal, me hicieron recobrar la conciencia. Era noche fría, la ventana estaba empañada debido a mi constante respiración que, durante casi todo el trayecto, había permanecido pegada a ella. Me dolía la cabeza por el traqueteo del autobús y la mala postura que había adquirido mi cuello al quedarme dormido.
Miré en rededor, todo estaba vacío.
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Odio la cama.
La cama se ha convertido en una enemiga más. Quién me lo iba a decir, después de tantos años durmiendo, comiendo, jugando, leyendo, navegando, llorando, estudiando, hablando, soñando y follando en ella. Quién. Incluso ahora, tumbada, siento que la odio. Y que me odio por ello. Y que odio el no sacar el pie izquierdo y luego el derecho y levantarme y salir al mundo. Es la cama, estoy segura. Me ha atrapado para dejarme ver morir los días y las noches imperturbable. Me ha hecho enloquecer creyendo que su calidez y comodidad reconfortaría el cansancio de los huesos. Huesos como el astrágalo son lo que de verdad importa, decía mi padre.
Soy un puente. Anochece impertubable bajo una fina y fría capa de lluvia y lo hace sobre mí. Sobre este puente que soy yo. Sobre estos hombros que son míos y que sostienen mis recuerdos y mis sueños y mis anhelos y todo eso que soy y que he sido alguna vez.
Me digo: «me estoy mojando».
Pero no es suficiente. Pienso que debo resguardarme del frío y de la lluvia y de la noche. Pienso que debo proteger mi corazón. No obstante, soy un puente y sólo tengo derecha e izquierda, pasado y futuro, orden y caos.
Me digo: «No estoy hecha de piedra, me derrumbaré».
Voy a desbordarme.
Voy a sucumbir al desastre.
Voy a estropearlo todo. Otra vez.
Soy un puente que une dos mundos incompatibles, dos ideas contrarias, dos sentimientos que chocan con furia como el oleaje contra las rocas. Tengo que salir corriendo de aquí y cada pierna está en una orilla.
Voy a hundirme.
Voy a caer y ahogarme en la marea.
Voy.
Esto es lo que somos ahora: un número de cuatro dígitos, un parón en el tiempo, un subrayado en el calendario, un post-it en la nevera sin adhesivo. Esto es en lo que hemos devenido con el paso de los años: una mirada apartada, el recuerdo de un verano frío…
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(Fuente: noraelebowski.com)
En esa vieja maleta yo guardaba todo lo que durante un largo periodo fue mi vida. Todo. La ropa que una vez me quitaste. El pintalabios rojo con el que manchaba la tuya. La entrada de cine de nuestra primera cita. ¿Recuerdas los dieciocho? Las velas de mi cumpleaños están por ahí, en algún bolsillo. Me preparaste una tarta y estaba malísima, pero la comimos igualmente. Tengo también una caja de bombones vacía, algunas fotografías, tus cartas… Lástima que las rompiera, eran preciosas. Sin embargo, guardé los trozos con la intención de recomponerlas más tarde. Y se me pasó. Como se me pasó seguir llamándote, llorándote, queriéndote.
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(Fuente: noraelebowski.com)
Decía mamá que si aún no había muerto era por mí. Yo era un crío y no lo entendía. Sólo la miraba, como miran los niños, con los ojos algo henchidos de amor y de curiosidad. Ella se giraba un instante a sonreírme y devolvía la vista a la carretera. En un acto mecánico, metía la mano izquierda dentro del coche y se la llevaba a los labios para aspirar una profunda calada. Y yo era tan pequeño que la perspectiva de mis recuerdos es ascendente: yo, enano, hundido en el asiento copiloto, y ella, grande, imponente manejando el volante. Un leve rayo de sol surcaba sus rizos rubios. En la radio se oía la voz rasgada y aguda de Janis Joplin gritando a pulmón baby. Era cualquier día de cualquier año de la década de los noventa y mi Bobbie McGee y yo teníamos suficiente con sentirnos bien.
“Y yo creí conseguir la eternidad al romper la esfera de cristal del péndulo más grande que encontré y clavar mis dedos entre aguja y aguja, frenando así el correr del tiempo. De nuestro tiempo. El mundo, en cambio, nunca dejó de girar. Al otoño huraño le sucedió un invierno vacío y a este, una primavera marchita desde el primer día.
Y hay que ver cómo cambian las cosas de estar contigo a estar sin ti, ¿no crees? Todo se torna opaco y de pronto, ya no veo nada en las pupilas de nadie. Ni en las mías.”
Fragmento de mi texto, Adiós:
http://www.fotolog.com/luciernnagas/92135691/
—Norae Lebowski.
(Fuente: facebook.com, vía snowflakesinmoscow-deactivated2)